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La propuesta de educación moral que desarrollamos en nuestras aulas de Ética en 4º de la ESO pretende distanciarse de una tradición en este campo que intenta hacer presentables planteamientos de adoctrinamiento moral que acaban llamando educación en valores a lo que sigue siendo educación desde valores. Pero también queremos tomar distancia de aquel planteamiento de la educación en valores que supone que éstos son algo sustantivo, que se puede enseñar y aprender. Desde ese enfoque, los valores son algo dado (si no naturalmente o por las divinidades, sí a partir de los consensos históricos en torno a los llamados mínimos valorativos). La cuestión es que al concretar qué se quiere decir con ellos o se entra en disquisiciones semánticas de muy escasa relevancia educativa y social o se llega muy pronto a controversias sobre sus significados al aplicarlos a las situaciones concretas. Porque la auténtica naturaleza de los valores morales (como la de los estéticos y los políticos) no es el acuerdo o la cosificación de los mismos, sino la pugna y la controversia. Los valores más que definiciones de esencias, al modo aristotélico, deben ser considerados como funciones que se hacen significativas en los diversos contextos dialógicos en los que se disputa sobre ellos. Por ello, frente a la rancia educación desde valores y a una educación en valores que, frecuentemente, no desborda los marcos positivistas, preferimos hablar de educar para valorar, subrayando con los infinitivos el carácter no sustantivo, sino crítico de una educación moral que debe desarrollarse en contextos dialógicos para que sea posible precisamente la construcción social de esos escenarios para la controversia y la participación.